Mostrando entradas con la etiqueta González Tuñón Raúl. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta González Tuñón Raúl. Mostrar todas las entradas

jueves, 2 de noviembre de 2023

Poema 465. La luna con gatillo.

Raúl González Tuñón. Buenos Aires, 1905-1974.


La luna con gatillo


Es preciso que nos entendamos.

Yo hablo de algo seguro y de algo posible.

Seguro es que todos coman

y vivan dignamente

y es posible saber algún día

muchas cosas que hoy ignoramos.

Entonces, es necesario que esto cambie.

El carpintero ha hecho esta mesa

verdaderamente perfecta

donde se inclina la niña dorada

y el celeste padre rezonga.

Un ebanista, un albañil,

un herrero, un zapatero,

también saben lo suyo.

El minero baja a la mina,

al fondo de la estrella muerta.

El campesino siembra y siega

la estrella ya resucitada.

Todo sería maravilloso

si cada cual viviera dignamente.

Un poema no es una mesa,

ni un pan,

ni un muro,

ni una silla,

ni una bota.

Con una mesa,

con un pan,

con un muro,

con una silla,

con una bota,

no se puede cambiar el mundo.

Con una carabina,

con un libro,

eso es posible.

¿Comprendéis por qué

el poeta y el soldado

pueden ser una misma cosa?

He marchado detrás de los obreros lúcidos

y no me arrepiento.

Ellos saben lo que quieren

y yo quiero lo que ellos quieren:

la libertad, bien entendida.

El poeta es siempre poeta

pero es bueno que al fin comprenda

de una manera alegre y terrible

cuánto mejor sería para todos

que esto cambiara.

Yo los seguí

y ellos me siguieron.

¡Ahí está la cosa!

Cuando haya que lanzar la pólvora

el hombre lanzará la pólvora.

Cuando haya que lanzar el libro

el hombre lanzará el libro.

De la unión de la pólvora y el libro

puede brotar la rosa más pura.

Digo al pequeño cura

y al ateo de rebotica

y al ensayista,

al neutral,

al solemne

y al frívolo,

al notario y a la corista,

al buen enterrador,

al silencioso vecino del tercero,

a mi amiga que toca el acordeón:

-Mirad la mosca aplastada

bajo la campana de vidrio.

No quiero ser la mosca aplastada.

Tampoco tengo nada que ver con el mono.

No quiero ser abeja.

No quiero ser únicamente cigarra.

Tampoco tengo nada que ver con el mono.

Yo soy un hombre o quiero ser un verdadero hombre

y no quiero ser, jamás,

una mosca aplastada bajo la campana de vidrio.

Ni colmena, ni hormiguero,

no comparéis a los hombres

nada más que con los hombres.

Dadle al hombre todo lo que necesite.

Las pesas para pesar,

las medidas para medir,

el pan ganado altivamente,

la flor del aire,

el dolor auténtico,

la alegría sin una mancha.

Tengo derecho al vino,

al aceite, al Museo,

a la Enciclopedia Británica,

a un lugar en el ómnibus,

a un parque abandonado,

a un muelle,

a una azucena,

a salir,

a quedarme,

a bailar sobre la piel

del Último Hombre Antiguo,

con mi esqueleto nuevo,

cubierto con piel nueva

de hombre flamante.

No puedo cruzarme de brazos

e interrogar ahora al vacío.

Me rodean la indignidad

y el desprecio;

me amenazan la cárcel y el hambre.

¡No me dejaré sobornar!

No. No se puede ser libre enteramente

ni estrictamente digno ahora

cuando el chacal está a la puerta

esperando

que nuestra carne caiga, podrida.

Subiré al cielo,

le pondré gatillo a la luna

y desde arriba fusilaré al mundo,

suavemente,

para que esto cambie de una vez.

martes, 30 de mayo de 2023

Poema 347. Lluvia.

Raúl González Tuñón, Buenos Aires 1905-1974.


Lluvia


a Amparo Mom


      Entonces comprendimos que la lluvia también era hermosa.

      Unas veces cae mansamente y uno piensa en los cementerios abandonados. Otras veces cae con furia, y uno piensa en los maremotos que se han tragado tantas espléndidas islas de extraños nombres.

      De cualquier manera la lluvia es saludable y triste.

      De cualquier manera sus tambores acunan nuestras noches y la lectura tranquila corre a su lado por los canales del sueño.

      Tú venías hacia mí y los otros seres pasaban:

      No habían despertado todavía al amor.

      No sabían nada de nosotros.

      De nuestro secreto.

      Ignoraban la intimidad de nuestros abrazos voluptuosos, la ternura de nuestra fatiga.

      Acaso los rostros amigos, las fotografías, los paisajes que hemos visto juntos, tantos gestos que hemos entrevisto o sospechado, los ademanes y las palabras de ellos, todo, todo ha desaparecido y estamos solos bajo la lluvia, solos en nuestro compartido, en nuestro apretado destino, en nuestra posible muerte única, en nuestra posible resurrección.

      Te quiero con toda la ternura de la lluvia.

      Te quiero con toda la furia de la lluvia.

      Te quiero con todos los tambores de la lluvia.

      Te quiero con todos los violines de la lluvia.

      Aún tenemos fuerzas para subir la callejuela empinada. Recién estamos descubriendo los puentes y las casas, las ventanas y las luces, los barcos y los horizontes.

      Tú estás arriba, suntuosa y bíblica, pero tan humana, increíble, pero, tan real, numerosa, pero tan mía.

      Yo te veo hasta en la sombra imprecisa del sueño.

      Oh, visitante.

      Ya es seguro que ningún desvío nos separará.

      Iguales luces señaleras nos atraen hacia la compartida vida, hacia el destino único.

      Ambos nos ayudaremos para subir la callejuela empinada.

      Ni en nuestra carne ni en nuestro espíritu nunca pasaremos la línea del otoño.

      Porque la intensidad de nuestro amor es tan grande, tan poderosa, que no nos daremos cuenta cuando todo haya muerto, cuando tú y yo seamos sombras, y todavía estemos pegados, juntos, subiendo siempre la callejuela sin fin de una pasión irremediable.

      Oh, visitante.

      Estoy lleno de tu vida y de tu muerte.

      Estoy tocado de tu destino.

      Al extremo de que nada te pertenece sino yo.

      Al extremo de que nada me pertenece sino tú.

      Sin embargo yo quería hablar de la lluvia, igual, pero distinta, ya al caer sobre los jardines, ya al deslizarse por los muros, ya al reflejar sobre el asfalto las súbitas, las fugitivas luces rojas de los automóviles, ya al inundar los barrios de nuestra solidaridad y de nuestra esperanza, los humildes barrios de los trabajadores.

      La lluvia es bella y triste y acaso nuestro amor sea bello y triste y acaso esa tristeza sea una manera sutil de la alegría. Oh, íntima, recóndita alegría.

             Estoy tocado de tu destino.

             Oh, lluvia. Oh, generosa.