Jorge Spíndola. Comodoro Rivadavia, 1961.
We Tripantu // en Comodoro warria mew
Esta madrugada, tras la noche más larga, el sol volverá a salir. Se completa el ciclo de oscuridad y lentamente, a paso de gallo, el sol regresa sobre la tierra. Así lo vieron y entendieron los abuelos, las abuelas.
Trekan-trekan, pasito a pasito el sol vuelve a encender los newen que dormían en cada cosa. Ya dimos vuelta la tierra, ya la nieve cayó sobre ella, ya se renuevan las fuerzas para la próxima siembra. Ya fuimos a orillas de la playa a buscar algas con Eufemia y las regamos sobre los almácigos de la quinta. Le saca lo malo, le da la fuerza del mar, decía mientras iba haciendo sus oraciones de la mañana.
Sabíamos eso. Sabíamos que el tiempo vuelve como un espiral de luz que acuna y despierta las semillas. Sabíamos que el tiempo vuelve a pasar por nosotros, como un sueño que regresa y es otro y es el mismo. Sabíamos que el püllü vuelve en los nietos para re-encantarnos de sabiduría y de asombro.
Sabíamos que el geranio gira leve buscando luz y sombra y sobrevive con su fuego a las heladas.
Sabíamos que hay que encender un fuego y esperar el giro del sol con nuestros pasos. Jugábamos toda la noche, escondíamos papas debajo de la cama, hacíamos figuras con lana cruda entre los dedos. Esta es la pata de gallo y esta otra es la huella del choique en las estrellas. Sabíamos eso, a pesar del San Juan que nos sobreimprimieron, llenando la noche de espejos donde podías ver al malo diciendo las fechas de la muerte.
Hoy como siempre, tras la nieve y la helada, el sol emprende su regreso. Solsticio le decimos ahora y miramos en la web las páginas del tiempo. A la 01:24 minutos dicen que comienza el invierno astronómico en el Hemisferio Sur, pero ya sabíamos eso. Bastaba mirar el cielo, la sombra larga de las cosas, la luz de la luna en las mareas.
Muchos viejos del petróleo hoy quedaron arriba en las pampas, sin poder bajar por la nevada. Harán noche en los trailers, lejos de sus casas y de su gente. Los caminos están helados, desde aquí se ve el lomo blanco de los cerros. Me recordaré de ellos está noche larga. Del Rafa que está allá arriba, de mi hermano Marcelo que busca huellas para encontrarlos, de mi hermano Juan Carlos y de sus ojos que siempre regresan desde el Wenu Leufu a entibiar la mesa de la familia.
Me recordaré de los hijos y de Pía Milagros Casanova Coliboro, mi sobrina nieta que cumple su primer añito. Te recordaré, abuela Margarita Calfín siempre mirando hacia luz de la mañana entre los turnos de la fábrica.
Y me acordaré de ti, abuela, Eufemia Alvarado Rapel, juntando algas en el bordemar cuando todavía podíamos caminar por estas playas. Recordaré tus ojos tiernos sobre esta pequeña inmensa y castigada Mapu, de tus rezos susurrantes en veliche, convocando las fuerzas del mar y de la tierra. Ten Ten y Kai Kai desatando su eterna lucha en esta quinta diminuta, donde aún perviven tus geranios, algunos que otros malvones entre el tamarisco morado del invierno.
Esta noche lavaré los ojos con agua del We Tripantu, lavaré la piel para que se vayan las pestes, lavaremos la tierra de la Eufemia con risas de sus nietos. Haremos un fuego para estar unidos al ruedo de las estrellas. Y otro fuego en mis ojos, abuela, para mirar contigo el tiempo que regresa.