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sábado, 22 de marzo de 2025

Poema 706. El cielo para mí.

Sharon Olds. Estados Unidos, 1942.


El cielo para mí 

Trad. Zaidenwerg

 

Cuando me pongo a imaginar mi muerte,

estaría acostada boca arriba, y mi espíritu

se iría desprendiendo de mi cuerpo

por la piel de la panza, como una hoja de papel manteca,

y se daría vuelta y quedaría boca abajo;

como la alfombra mágica del genio, pero en forma de chica,

se pondría a volar bajo sobre la Tierra: el cielo para mí

consistiría en ser invulnerable, poder mirar

sin pausa y sin impedimentos,

suspendida en el aire; mirar, mirar, mirar,

algo no muy distinto de mi vida:

me sentiría llena de una casi indolora soledad,

contemplando la Tierra, como si contemplarla

fuera mi forma personal de tener alma. Pero entonces

divisaría a mi amado, de pie junto a una puerta

-o algo así- en el cielo: no la puerta

de las constelaciones, los pentángulos,

la corona boreal, sino más bien una puertita

en el portal del cielo,

como esas chiquititas para el gato,

del otro lado de la cual no hay nada. Y él me dice

que se tiene que ir, que ya llegó la hora.

Y si bien no me pide que me vaya

con él, a mí me da la sensación de que querría

que yo lo acompañase. Tampoco me parece que esa nada

sea una nada viviente, en donde los no-seres

harían una especie de amor ultraterreno;

se me antoja más bien que es una nada absoluta,

y que al cruzar la puerta los dos juntos

desapareceríamos. Qué hermoso

tomarme de su brazo,

apretándolo fuerte contra el pecho,

como hacen los amantes camino del altar,

y dar el paso.

viernes, 9 de febrero de 2024

Poema 518. Más vieja.

Sharon Olds. Estados Unidos, 1942.


MÁS VIEJA


Cuanto más vieja me pongo, más me siento

casi hermosa- no mi cara, una cara común,

puritana, sino mi cuerpo. Y tendré

cincuenta, pronto, mi cuerpo

se marchita, huesudo, y me gusta su

rugosidad plateada, la piel que se afina,

la superficie de un lago rizada por el viento, un espectro

arrugado, un pliegue de humo. Sin embargo

cuando miro hacia abajo puedo ver, a veces,

cosas que, si las viera una mujer joven, la harían

gritar como en una película de terror,

quedo convertida en bruja en un instante—si me inclino

lo suficiente, puedo ver la piel fina

de mi estómago frunciéndose

y colgando en pequeños picos, como yeso fresco.

Y sin embargo puedo imaginarme a los ochenta, hecha

enteramente, por fuera, de eso,

y haciendo el amor con la misma dignidad

animal, el túnel todavía igual

al interior de una bráctea color frambuesa.

De pronto me veo joven a mí misma

al lado de esa octogenaria, me veo

como su hija, mi carne suelta y drapeada

muestra los ángulos largos de estos extraños

huesos como las manijas de utensilios de cocina hechos en el cielo.

Cuando era más joven, me veía a mí misma,

a veces, como el tosco dibujo de una hembra—

los pechos, el destello de las caderas de los años 40—

pero este grisáceo ser abollado es confortable como

una vieja prenda favorita, es casi

amable, ahora, para mí. Por supuesto, es

el amor de él el que estoy viendo, el trabajo de su pulgar

sobre este centavo de la suerte —cinco veces

cinco años en su bolsillo. Quizás

aún si me muriera, él no me vería fea.

A veces, ahora, bailo

como humo chato sobre una chimenea.

A veces, ahora, creo que vivo

en el lugar donde se hace la bebida solemne, salvaje

de acabar, no estoy todo el día acabando,

pero vivo todo el día en el lugar donde eso se hace.

domingo, 20 de agosto de 2023

Poema 401. Despues de 37 años mi madre me pide perdón por mi infancia.

Sharon Olds. Estados Unidos, 1942.


Después de 37 años mi madre me pide perdón por mi infancia


Cuando te inclinaste hacia mí, los brazos hacia adelante

como alguien que trata de atravesar un incendio,

cuando te balanceaste hacia mí, gritando que 

sentías mucho lo que me habías hecho, tus

ojos llenos de líquido terrible como 

gotas de mercurio de un termómetro roto

patinando por el piso, cuando gritaste suavemente

¿A quién más podía acudir? ¿A quién más tenía? La 

porcelana rota de tus manos se mueve hacia mí, el

agua que mana de tus ojos como la humedad

que sale de las piedras bajo mucha presión, yo no podía

ver lo que haría con el resto de mi vida.

El cielo parecía astillarse como una ventana

que alguien atraviesa, tu

cara pequeña destellaba como con

cristales rotos, con verdadero arrepentimiento, el

arrepentimiento de tu cuerpo. No podía ver como iban a ser

mis días contigo arrepentida, contigo deseando

no haberlo hecho, el

cielo caía a mi alrededor, sus astillas

brillando en mis ojos, tu viejo cuerpo suave

caído contra el mío horrorizada

te tomé en mis brazos, dije Está bien,

no llores, está bien, el aire lleno de 

vidrios, no sabía lo que decía o quién sería yo ahora que te había perdonado.

martes, 7 de febrero de 2023

Poema 240. Más vieja.

Sharon Olds. Estados Unidos, 1942.


MÁS VIEJA


Cuanto más vieja me pongo, más me siento

casi hermosa- no mi cara, una cara común,

puritana, sino mi cuerpo. Y tendré

cincuenta, pronto, mi cuerpo

se marchita, huesudo, y me gusta su

rugosidad plateada, la piel que se afina,

la superficie de un lago rizada por el viento, un espectro

arrugado, un pliegue de humo. Sin embargo

cuando miro hacia abajo puedo ver, a veces,

cosas que, si las viera una mujer joven, la harían

gritar como en una película de terror,

quedo convertida en bruja en un instante—si me inclino

lo suficiente, puedo ver la piel fina

de mi estómago frunciéndose

y colgando en pequeños picos, como yeso fresco.

Y sin embargo puedo imaginarme a los ochenta, hecha

enteramente, por fuera, de eso,

y haciendo el amor con la misma dignidad

animal, el túnel todavía igual

al interior de una bráctea color frambuesa.

De pronto me veo joven a mí misma

al lado de esa octogenaria, me veo

como su hija, mi carne suelta y drapeada

muestra los ángulos largos de estos extraños

huesos como las manijas de utensilios de cocina hechos en el cielo.

Cuando era más joven, me veía a mí misma,

a veces, como el tosco dibujo de una hembra—

los pechos, el destello de las caderas de los años 40—

pero este grisáceo ser abollado es confortable como

una vieja prenda favorita, es casi

amable, ahora, para mí. Por supuesto, es

el amor de él el que estoy viendo, el trabajo de su pulgar

sobre este centavo de la suerte —cinco veces

cinco años en su bolsillo. Quizás

aún si me muriera, él no me vería fea.

A veces, ahora, bailo

como humo chato sobre una chimenea.

A veces, ahora, creo que vivo

en el lugar donde se hace la bebida solemne, salvaje

de acabar, no estoy todo el día acabando,

pero vivo todo el día en el lugar donde eso se hace.