viernes, 3 de febrero de 2023

Poema 122. Gravedad.

Javier Roldán, Merlo Gómez 1975.


Gravedad


Te llamo por teléfono.

Te pregunto cómo te fue en las vacaciones.


Te llamo para decirte:

“Houston, me copia?”.


Me contás

que corriste por la costanera

mirando de a ratos el mar

que fuiste a dos fiestas aburridas

que viste una película en el cine del shopping.


Te pregunto:

“¿Houston, me copia?”.


Me hablás

de la falta de oxígeno,

del cordón de asteroides de chatarra

sofisticada y tecnológica

que rodea a nuestro planeta.


Y mientras te escucho 

puedo vernos

suspendidos en el infinito

en nuestros blancos trajes espaciales.


Nos veo a ambos

con un fondo de millones de estrellas

intentando reparar

la nave espacial que nos llevó hasta allí,

hasta el punto exacto en el que orbitamos.


Si bien es doloroso saber imposible

el retorno de ambos a la tierra, 

podemos detenernos y mirar

desde afuera

desde lejos

esa esfera que fue nuestro hogar

durante todos estos años.


“¿Qué es lo que más te gustó de estar acá conmigo?” te pregunto.

“El silencio” decís “vos me enseñaste a disfrutar del silencio”.


Y cuando estoy por responderte

que tus ojos son la superficie

en la que he visto más galaxias reflejarse, 

la voz metálica de Houston resuena en mi escafandra:

“Recuerden que tienen un problema”.


Entonces bajo la vista

y veo que el problema es esta cuerda

que aún nos mantiene unidos

de traje espacial a traje espacial

y que se resiste a ser cortada,

más allá de cometas

más allá del agua congelada en los polos de la luna.


Te digo:

“¿Houston, me copia?”.


Y mirando a miles de kilómetros de distancia

el ganges

la muralla china

el río de la plata,

me decido y llevo mi mano al gancho

que une la cuerda a mi cuerpo

y lo abro


… tus pupilas se dilatan …


Porque ¿quién quiere ser el primer astronauta

en perderse para siempre

solo

en el infinito del cosmos?


¿quién quiere quedarse

aunque sea

por unos minutos de años luz

sin interlocutor estelar?


Intento calmarte y explicarte el plan

que nos permitirá

un aterrizaje feliz y definitivo.


Pero se produce un silencio de radio.

Y pasados unos segundos

escucho tu voz en el teléfono

diciéndome

que estás resolviendo un problema laboral

que no podés seguir hablando

que más tarde me llamás

más a la noche

y cortás.


Me decís:

“Houston, cambio y fuera”.


Y así quedo

de este lado de la línea telefónica

todavía enganchado

por esta cuerda plateada y resistente

a la que el reflejo de la aurora boreal

vuelve engañosamente tornasolada.

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