viernes, 3 de febrero de 2023

Poema 150. Ojalá siempre seas mi amiga.

Marie Gouiric, Bahía Blanca, 1985.


Ojalá siempre seas mi amiga


El trabajo a veces nos quema la cabeza.

Así que llamé a Silvita y le conté que me sentía mal.

Ella me consoló algo así como que  

la culpa no sirve para nada.

Que  las cosas tienen que

sumar o sumar.

Que el que mucho abarca poco aprieta.

Pero que hay dos momentos diferentes:

Momentos para  abarcar.

Momentos para apretar.


Ahora  destapé una y calenté las lentejas.

Y quiero decirle a mis alumnos que me perdonen

por las veces  que en vez de pedirles que me escuchen

les digo que se callen.


Por los porque si, los porque no.

Mandonearlos. No conocerlos bien.  

Tratarlos de usted. Señalarles la vergüenza.

Enojarme con el desgano.

Calentarme con el desamor que tienen por las cosas

que a mí se me viene a ocurrir

que están buenas.


Por ese afán  absurdo,

al que obedezco por obrera,

de ordenar las filas –rotas-

parándolos encerrados en baldosas,

separados uno detrás del otro:

-¡La mirada al frente!

¡Está  prohibido darse vuelta!-.

(Casi siempre  me doblo y les sonrío bajito

o les acaricio el hombro

cuando le cantamos a la bandera).


No puedo adoptarlos ni llevarlos a todos de la mano.


En este tiempo se supone que comprendí

que no voy a cambiar la escuela:

sólo soy una maestra.

Nunca le voy regresar  al Tata y a Mayra su madre muerta.

Ni le sacaré las ojeras a Valentín.

Ni  volveré a saber nada de Yésica.


Sentir que no se puede cambiar nada

es la que más raspa de las violencias.


No sé cómo explicar algunas cosas  para que se entiendan.

Por eso a veces reparto papel glasé de a montones,

fotocopias con sopas de letras

y lleno los pizarrones de dibujos.

¿Cómo amamantar la hambruna de los cachorros de otras fieras?


Ojalá pudiera calentarles el agua.

Despiojarlos. Empacharlos.

Llenarles de crema la piel seca.

Invitarlos a pasear.

Tener un regalo para cada cumpleaños

y no esos tontos tirones de orejas.


Una vez hice algo por uno:

Le mostré cómo atarse los cordones

con una imagen simple:

Un cordón doblado es una orejita de conejo.

El otro cordón doblado, es como una orejita también.

Después una acción un poco menos sencilla:

Apoyás una orejita sobre la otra como una cruz.

Pasás la oreja de arriba por debajo de la otra y tirás.

Así se fabrica un moño.


Esperó que algún día, cuando necesite trabajo,

él pueda decir:

-Sé atarme los cordones-

y su futuro patrón lo abrace con alegría.

Y que cuando los chicos del barrio le pasen la bolsa él diga:

-Sé atarme los cordones-

y los chicos le respondan:

-Perdonanos, ni sabíamos-.

Y que cuando su novia dé a luz él diga:

-Sé atarme los cordones-

y todas sus cosas sean hechas nuevas para siempre.


También sería muy bueno

que cuando su hijo lo haga enojar

él, arrodillándose, le agarré los cordones y le muestre:

-Primero una orejita de conejo, después la otra.

Las cruzás en cruz. Hacés la parte difícil que es

pasar una oreja  por debajo de la otra y tirás.


Ahora nada sabemos, ni tenemos maneras de saber.

Nadie sabe el poder de un nudo bien hecho.

(Un moño es un nudo, sólo que hecho con belleza).


Lo que ahora sé es que con suerte pagaré las cuentas,

ahorraré un poco para el verano

y me tomaré esta cerveza  tibia

que, con un poco más de suerte,

me ayudará a dormir.

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