Marie Gouiric, Bahía Blanca, 1985.
Ojalá siempre seas mi amiga
El trabajo a veces nos quema la cabeza.
Así que llamé a Silvita y le conté que me sentía mal.
Ella me consoló algo así como que
la culpa no sirve para nada.
Que las cosas tienen que
sumar o sumar.
Que el que mucho abarca poco aprieta.
Pero que hay dos momentos diferentes:
Momentos para abarcar.
Momentos para apretar.
Ahora destapé una y calenté las lentejas.
Y quiero decirle a mis alumnos que me perdonen
por las veces que en vez de pedirles que me escuchen
les digo que se callen.
Por los porque si, los porque no.
Mandonearlos. No conocerlos bien.
Tratarlos de usted. Señalarles la vergüenza.
Enojarme con el desgano.
Calentarme con el desamor que tienen por las cosas
que a mí se me viene a ocurrir
que están buenas.
Por ese afán absurdo,
al que obedezco por obrera,
de ordenar las filas –rotas-
parándolos encerrados en baldosas,
separados uno detrás del otro:
-¡La mirada al frente!
¡Está prohibido darse vuelta!-.
(Casi siempre me doblo y les sonrío bajito
o les acaricio el hombro
cuando le cantamos a la bandera).
No puedo adoptarlos ni llevarlos a todos de la mano.
En este tiempo se supone que comprendí
que no voy a cambiar la escuela:
sólo soy una maestra.
Nunca le voy regresar al Tata y a Mayra su madre muerta.
Ni le sacaré las ojeras a Valentín.
Ni volveré a saber nada de Yésica.
Sentir que no se puede cambiar nada
es la que más raspa de las violencias.
No sé cómo explicar algunas cosas para que se entiendan.
Por eso a veces reparto papel glasé de a montones,
fotocopias con sopas de letras
y lleno los pizarrones de dibujos.
¿Cómo amamantar la hambruna de los cachorros de otras fieras?
Ojalá pudiera calentarles el agua.
Despiojarlos. Empacharlos.
Llenarles de crema la piel seca.
Invitarlos a pasear.
Tener un regalo para cada cumpleaños
y no esos tontos tirones de orejas.
Una vez hice algo por uno:
Le mostré cómo atarse los cordones
con una imagen simple:
Un cordón doblado es una orejita de conejo.
El otro cordón doblado, es como una orejita también.
Después una acción un poco menos sencilla:
Apoyás una orejita sobre la otra como una cruz.
Pasás la oreja de arriba por debajo de la otra y tirás.
Así se fabrica un moño.
Esperó que algún día, cuando necesite trabajo,
él pueda decir:
-Sé atarme los cordones-
y su futuro patrón lo abrace con alegría.
Y que cuando los chicos del barrio le pasen la bolsa él diga:
-Sé atarme los cordones-
y los chicos le respondan:
-Perdonanos, ni sabíamos-.
Y que cuando su novia dé a luz él diga:
-Sé atarme los cordones-
y todas sus cosas sean hechas nuevas para siempre.
También sería muy bueno
que cuando su hijo lo haga enojar
él, arrodillándose, le agarré los cordones y le muestre:
-Primero una orejita de conejo, después la otra.
Las cruzás en cruz. Hacés la parte difícil que es
pasar una oreja por debajo de la otra y tirás.
Ahora nada sabemos, ni tenemos maneras de saber.
Nadie sabe el poder de un nudo bien hecho.
(Un moño es un nudo, sólo que hecho con belleza).
Lo que ahora sé es que con suerte pagaré las cuentas,
ahorraré un poco para el verano
y me tomaré esta cerveza tibia
que, con un poco más de suerte,
me ayudará a dormir.
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