martes, 30 de mayo de 2023

Poema 350. El soldador.

Fabián Casas. Buenos Aires, 1965.


El soldador


Tenemos a un hombre mayor en una cama.

Está por morir.

Es algo que pasa una y otra vez. Ayer, en la plaza,

Olga agarró una paloma con la mano para acariciarla,

pero el animal, por el susto, se murió.

Dentro de una bolsa de plástico

quedó en el tacho de basura.

Pensé mucho en el destino de esa paloma,

en los lentes negros e inmensos de Olga,

y en sus uñas manchadas con esmalte rojo.

El problema es que este hombre mayor es un ser querido.

Y que escribo el poema donde él se está muriendo.

El poema es mío, el hombre mayor es mío.

De estas posesiones surgen preguntas

difíciles de responder.

Un escritor, ¿no debería ir siempre

en contra de su habilidad? Y Aquiles,

¿no tendría que haber bajado un cambio

y cerrado el trato con Héctor?

De todas formas, el hombre mayor va a morir al toque.

Ha decidido hacerlo en su casa,

rodeado de los seres queridos.

El cerebro comenzó a enviar órdenes para que los órganos

se cierren en sí mismos

y empiecen a pasar los títulos

sobre una cara memorable.

Una cara para besar, una sandía jugosa en un día de calor.

Quería ser un soldado pero fue un soldador.

Bajaba la máscara de acero y trabajaba durante la noche

uniendo los destinos de personas

que se rechazaban como órganos implantados.

Aún hoy la gente del barrio comenta

los chispazos de luz y ruido

que el soplete largaba en la oscuridad.

Es el soldador que está trabajando,

decía el que paseaba al perro nocturno.

Es el soldador que está trabajando,

decía la que le pasaba el último trapo a la cocina

antes de acostarse. Me tengo que apurar,

pensaba el joven poeta mientras copiaba y copiaba.

El sueño sudamericano cabe en un mp3,

el sueño de los dioses no nos incumbe,

la pesadilla de los erpios es morir fusilados.

Los que fueron tocados por la gracia del Soldador,

jamás podrán olvidarlo. Publicó lo mejor

y lo peor de Horla City: al montonero que

se arrodilló ante la Reina,

al gaucho psicodélico, a la gorda resentida,

al que esperaba nervioso, sin escuchar a nadie,

que lo invitaran al podio para leer sus poemas.

Olga, la abuela de Baltazar, pasa los días

en una vieja casa de Almagro, la paloma muerta

no ocupa ni un milímetro de sus pensamientos.

Era enfermera, ahora es enferma y corrió

a refugiarse en el evangelismo. Se la puede ver

reseteando la biblia en las esquinas.

Dice Olga:

“Nadie podía tocar su cuerpo

porque todavía no se había presentado ante El Señor”.

Ese Señor fue mi pastor. Recuerden cómo era,

recuerden cómo hablaba.

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