María Eugenia López. La Plata, 1977.
III
Se acuesta verde sobre el musgo y se le hunde la espalda. Las líneas de los
ojos caen al suelo, rodean la cara, gotean. La tela de su yukata no termina
de caer y hay tantas estrellas en la noche y tanto frío. Una mano llena de
florecitas y otra que tantea suelo y charquitos de rocío. Atrapa un pez rojo
y se lo pone en la boca para que no muera. La lluvia hinchará su garganta
para siempre. Y la selva avanza por el cuerpo. Y se le mete entre las piernas. Ella se transforma hasta parecer una bolita de wasabi.
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