Kay Ryan. California, 1945.
LAS COSAS NO DEBERÍAN SER TAN DURAS
Una vida debería
dejar huellas profundas:
surcos donde ella
iba y volvía
a buscar el correo
o a mover la manguera
por el jardín;
donde ella se paraba
frente al lavadero,
un lugar raído;
bajo su mano,
los picaportes
de porcelana reducidos
a pastillas blancas;
el interruptor que ella
solía tantear
a oscuras
casi borrado.
Sus cosas deberían
tener sus marcas.
El paso de una vida
debería notarse;
debería causar una erosión.
Y cuando esa vida se interrumpe,
algún lugar,
aunque sea pequeño,
debería quedar marcado
por ese pasaje
grandioso y dañino.
Las cosas no deberían ser
tan duras.
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